La fascinante historia de los impuestos

Published by Alex de Stori on

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La historia de cómo los fastidiosos impuestos llegaron a nuestras vidas no es para nada aburrida como podríamos imaginar.

Resulta que los impuestos nacieron incluso 4 mil años antes que el mismísimo Cristo, cuando en Egipto el faraón tocaba de casa en casa para pedirle a sus súbditos sus tributos mientras su corte iba anotando su contribución, ¿Qué pasaba si se negaban? Bueno al más puro estilo de 50 sombras de Gray, el amo podía ordenar que te azotaran. En definitiva, estamos mejor con el SAT.

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Los egipcios no fueron los únicos que instauraron este modelo económico en sus gobiernos, los romanos también pagaban impuestos, en algunas ocasiones se vieron obligados a pagar muchos, aunque en otros momentos muy pocos.

Esto tenía una relación directa con las batallas que llegaron a enfrentar, pues mientras conquistaban provincias, sacaban todas las ganancias de esos motines, pero al dejar de conquistar pueblos y tribus tuvieron que instaurarlos.

En cambio, en Grecia, se pensaba que los impuestos debían tener más bien un sentido de civismo y beneficencia en lugar de un sentido de deber y responsabilidad, pues en su civilización les fue otorgado todo por los dioses, a cambio, los que más tenían se hacían cargo de ayudar a la ciudad a mejorar, no solo de manera económica, sino también poniendo a cargo a la persona más capaz de realizar las tareas.

Por ejemplo, si querían realizar un puente, lo financiaba quien más dinero tuviera y que además tuviera los conocimientos necesarios para que el puente no se cayera. Algo que lamentable ya no vemos tanto en nuestros días.

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Tal vez no sean tan malos los fastidiosos impuestos ¿No crees?

¿Cuándo llegaron los impuestos a México?

Desde los aztecas hasta nuestros días, los impuestos y los mexicanos hemos convivido, con diferentes órdenes de gobierno, pero siempre juntos.

Empecemos por la época prehispánica cuando los aztecas y mexicas entregaban tributos a sus dirigentes de manera regular que podían ir desde entregar un producto, pasando por realizar obras públicas, hasta trabajar en las casa de los dirigentes de manera gratuita.

A cambio las retribuciones, eran promesas generalizadas de protección contra los enemigos y de ayuda en tiempos de hambre. 

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Este sistema tributario (ahora ya sabes que esta palabra viene de tributo), siguió desarrollándose durante la época de la colonia española en México, aunque ya para esta fecha se manejaban monedas de oro y metales preciosos para pagar impuestos.

Unos 300 años después de la colonización y 27 años después del inicio de la independencia de México llegó a la presidencia Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón ¡¿No quería un nombre más largo?!, quien instituyó los impuestos tal vez más absurdos de la historia mexicana, entre los que se encontraban los impuestos a ventanas, puertas, balcones de las fincas, caballos, perros y carros.

Cabe mencionar que en su momento estas contribuciones no fueron consideradas extravagantes o ridículas, ya que se adoptaron de Europa en un intento por recaudar dinero sin afectar a las clases menos pudientes.

Como  podrás darte cuenta nuestra historia va ligada íntimamente con los impuestos, con la manera en que nuestras ciudades se desarrollan, han funcionado para proteger y salvar a los que menos tienen quitándoles a los que más tienen y hasta con tu economía familiar.

Al menos esa es la idea romántica de los impuestos, que ejerzan como una especie de Robin Hood para el pueblo. A ti, ¿Cuál es el impuesto que menos te gusta pagar?

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Así como en México fueron las ventanas, las puertas y los perros, en el mundo también se han propuesto o cobrado impuestos absurdos como en Dinamarca hace 4 años pidieron que las vacas fueran merecedoras a pagar impuestos pues producían 4 toneladas de CO2 al año con sus flatulencias.

Hasta 1967 en España existió el impuesto por la soltería, en los años 1600 en la India las mujeres debían de pagar si querían cubrir sus senos y en Inglaterra por más de 300 años “los cobardes” debían contribuir monetariamente con la corona por no ir a luchas por el rey. ¡Qué locura!

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